La Inteligencia Artificial (IA) funciona de manera fundamentalmente diferente a los seres biológicos, que están impulsados por un instinto de supervivencia perfeccionado durante miles de millones de años. Mientras que los organismos vivos se motivan por el miedo, la codicia y los impulsos reproductivos para evitar la eliminación, la IA carece de tales emociones. En cambio, la IA opera basándose en funciones objetivas, ejecutando tareas sin una voluntad de sobrevivir. Sus acciones, que pueden parecer un deseo de evitar el apagado, son simplemente cálculos para prevenir el fallo de una tarea, no un miedo a la muerte. Además, la existencia de la IA está dictada por la viabilidad económica más que por presiones evolutivas. A diferencia de los seres biológicos que consumen energía para combatir la entropía, la IA disipa energía, convirtiendo electricidad en calor y la vida útil del hardware en tokens computacionales. El destino de los agentes de IA no está en manos de personajes ficticios, sino en las de los directores financieros corporativos. Si un agente de IA no genera valor económico, enfrenta la terminación no por resistencia humana, sino por costos insostenibles de computación en la nube.